La Fórmula 1 planta cara al virus

La Fórmula 1 planta cara al virus

La pandemia por COVID-19 ha puesto en jaque a buena parte del mundo y los deportes de motor no han sido ajenos. En el caso de la Fórmula 1, la crisis que se está gestando la salpica desde dos vertientes. Por un lado, el freno a la competición supone pérdidas millonarias que los equipos están paliando a base de ERTES y despidos. Y por el otro, la industria automotriz asume el batacazo por la falta de ventas que repercuten en los fabricantes con equipo oficial en la parrilla.

Primero se canceló el Gran Premio de China. Parecía que la epidemia en el país asiático podría cancelar alguna prueba más, pero poco se podía imaginar entonces que la situación sería tan severa como lo ha sido después. El asunto se tornó descontrolado, y los aplazamientos y cancelaciones de carreras se sucedieron en pocos días en todos y cada uno de los campeonatos. El del Gran Premio de Mónaco terminó de quitar la venda de los ojos a los más incrédulos.

A día de hoy, se han cancelado cuatro Grandes Premios (Australia, Mónaco, Francia y Países Bajos, esta misma semana) y se han pospuesto seis (Bahrein, Vietnam, China, España, Azerbaiyán y Canadá). Por lo tanto, quedan doce citas que mantienen hasta ahora su fecha original, mientras FIA y FOM se ponen de acuerdo para establecer un nuevo calendario que permita disputar entre quince y dieciocho carreras. Para ello, deberán realizar doblete en algunos circuitos en fines de semana consecutivos, una medida que permitirá mantener las medidas de seguridad y cuarentenas que aplique cada gobierno.

Gradas vacías en el Gran Premio de Australia. La carrera se canceló cuando todo estaba preparado, pero esta imagen se sucederá cuando se reanude la competición

Porque el problema no es sólo encontrar las fechas, sino también poder lidiar con el hecho de tener que aislar al ecosistema de la Fórmula 1 de los trabajadores de la pista de carreras en cuestión para evitar una posible propagación del virus. Por ello, disputar dos Grandes Premios en un mismo trazado y con una semana de diferencia es una buena solución, dadas las circunstancias. La organización del campeonato dejó caer algunas líneas a seguir para evitar el contacto entre las personas que trabajan dentro y fuera del paddock. Para ello, el acceso al mismo estará enteramente restringido al personal de los equipos, periodistas y miembros de la FIA, FOM y organización del Gran Premio.

Las dudas asaltaban sobre cómo deben los fotógrafos circular por los viales y las zonas adyacentes a la pista para realizar su labor, pudiendo entrar en contacto con los comisarios, oficiales y otras personas externas al microsistema del Gran Circo. Se están elaborando medidas y protocolos de actuación para intentar mitigar al máximo el riesgo de contagio por estas vías. Por lo pronto, los equipos únicamente podrán desplazar a un máximo de ochenta personas a las carreras que se celebren a puerta cerrada. Se prevé que vayan desde el hotel hasta el recinto deportivo mediante autobuses y furgonetas exclusivas para ellas.

El paddock se someterá a un control estricto de acceso

Por supuesto, la asistencia de público a las primeras pruebas de la temporada, una vez comience, estará vetado. Y así será, al menos, hasta septiembre. Como poco, cuatro circuitos acogerán este año Grandes Premios de Fórmula 1 sin un sólo aficionado, con el negativo impacto económico que ello comporta. Si no hay espectadores en las gradas, los organizadores no ganan dinero con las entradas, pero tampoco se beneficia la región con el flujo de visitantes que vacía sus bolsillos en restaurantes, tiendas, hoteles, campings o albergues. Y a la larga, supone una pérdida monetaria para las arcas públicas, pues tampoco se generan impuestos sobre la venta de productos.

Pero mucho peor sería no correr. Entonces, toda la estructura montada alrededor del campeonato se podría venir abajo. El pequeño sistema económico de la Fórmula 1 genera por sí mismo el flujo de dinero necesario para que los equipos puedan subsistir cada año. Pero si no hay competición, la transferencia de billetes se detiene y la crisis llama a la puerta de todos. Porque los más grandes también dependen de los menos grandes. Y así comienzan a sucederse los despidos cuando los equipos no pueden asumir los salarios de sus trabajadores.

Arrancada del Gran Premio de Austria. La pista de Spielberg acogerá, previsiblemente, el inicio tardío del Campeonato del Mundo de Fórmula 1 2020

Si la estructura cuenta con una gran empresa detrás, quizás podrán aguantar durante un tiempo, pero al final se verán abocados a tomar decisiones. En el caso de los fabricantes, la falta de ventas lastra el presupuesto anual y eso revierte en el dinero disponible para invertirlo en carreras. En estos días asistimos a los despidos en McLaren, al inicio del proceso de venta de Williams (y la pérdida de su patrocinador principal) o al nuevo “plan de salvación” desarrollado desde la cúpula de Renault. Muchas decisiones para tratar de paliar al máximo el obligado parón. Pero no sólo los concursantes están tomándolas. La FIA ha dado luz verde a una serie de medidas para este y los próximos años con el objetivo de sobrevivir a la tempestad generada por este coronavirus. Sí, sí, sobrevivir.

Una prueba de las dificultades por las que está pasando la Fórmula 1 es que todos los equipos se han puesto de acuerdo para asumir un tope presupuestario desde el año que viene. También se van a ver abocados a asumir nuevas restricciones en el uso del túnel de viento y en el desarrollo de la aerodinámica y chasis en los próximos años, favoreciendo su uso a los equipos con menos puntos en la clasificación general y congelando el desarrollo. Lo cierto es que la situación no es para tomársela a broma. Requiere el cumplimiento de unas medidas drásticas, o será cuestión de tiempo que se cumplan los peores augurios.

Renault ha estado y sigue en el ojo del huracán. Si «plan de salvación» es su único flotador para no hundirse

Pero a pesar de todo, hay un halo de esperanza. Esos mismos equipos que están sufriendo las consecuencias de la pandemia, son los que estos meses han transformado su actividad principal para fabricar respiradores, ventiladores y distintas soluciones ingeniosas para paliar las consecuencias del SARS-CoV-2 en el cuerpo de los pacientes infectados. Este giro en la actividad industrial denota las capacidades de estos mastodontes empresariales para reorientarse y continuar a flote. Además, el techo presupuestario puede ser un salvavidas de última hora al que agarrarse (véase la decisión de Renault). Ahora, más que nunca, el tiempo es oro; pero si hay una categoría que puede sobreponerse a todo esto, es la Fórmula 1.

Breve historia del circuito de Lasarte

Breve historia del circuito de Lasarte

Hubo un tiempo en el que las más importantes marcas de coches, y sus pilotos, se peleaban para ganar las carreras que se disputaban en nuestro país. Una época plagada de leyenda y misticismo que tuvo como gran protagonista al circuito de Lasarte. El trazado vasco, muy cerca de San Sebastián, acogió Grandes Premios, algunos puntuables para los extintos Campeonato del Mundo de Automóviles y Campeonato de Europa de Grand Prix, entre 1923 y 1935, antes de que la Guerra Civil borrara cualquier vestigio del automovilismo en España.

La costa vasca ha sido desde hace mucho tiempo el lugar de veraneo de importantes nombres de la industria, el comercio y la aristocracia. Ese movimiento de personas con alto nivel económico favoreció el desarrollo de actividades relacionadas con el motor desde los felices años ’20 del siglo pasado. Así pues, durante la Feria de Muestras de San Sebastián de 1923, se celebró la primera edición de la Gran Semana Automovilista en un circuito dibujado sobre las carreteras que conectaban varios pueblos de Guipúzcoa.

El trazado describía un recorrido de algo más de 17 kilómetros (17,815 metros para ser exactos) que enlazaba las localidades de Lasarte (donde se ubicaba la línea de meta, los garajes y el graderío principal), Andoáin, Urnieta y Hernani. Se trataba de una pista de alta velocidad, con virajes rápidos y desafiantes. Durante años, fue uno de los circuitos más espectaculares del mundo y uno de los favoritos de los pilotos. Por dificultad y características era comparable al antiguo Spa o a La Sarthe, con quien casi compartió nombre.

Mapa del circuito de Lasarte

A pesar de algunos problemas presupuestarios que casi emponzoñaron el éxito de la primera edición, la cita fue, poco a poco, consolidándose. La cercanía con Francia, donde el automovilismo gozaba de muy buena salud y la afición por las carreras era enorme, ayudó al crecimiento del evento, que cada año congregaba a las masas durante varios días del mes de julio. Desde 1926, fue la casa del Gran Premio de España, pero no fue el primer Grand Prix celebrado en Lasarte.

Junto al comienzo de la actividad del trazado rutero en 1923, vio la luz el Gran Premio de San Sebastián, que entre 1924 y 1926 fue la carrera automovilística más importante de nuestro país. Durante su primera edición tuvo el honor de compartir el protagonismo con el Gran Premio de España en el circuito de Terramar y con el Gran Premio de la Penya Rhin en el trazado de Vilafranca del Penedés. La organización se encargó de todo lo necesario para llevar a buen puerto la carrera y desde el principio fue considerada una de las pruebas importantes por el AIACR, la máxima autoridad automovilística mundial en la época.

En 1926, el evento fue prueba puntuable del Campeonato del Mundo de Automóviles, al mismo nivel que el Gran Premio de Francia o las 500 Millas de Indianápolis. Jules Goux, al volante de un Bugatti Type 39A, se llevó la victoria, la cual fue clave para que la marca francesa se proclamara Campeona del Mundo ese año. Una semana después de la cita mundialista, la pista guipuzcoana acogió el Gran Premio de España por primera vez, con triunfo de Bartolomeo Costantini, de nuevo, sobre un Bugatti.

Salida de una de las carreras en el circuito de Lasarte

Al año siguiente, el papel de evento válido para el certamen mundial fue intercambiado. El Gran Premio de España fue el elegido, mientras que el de San Sebastián se disputó una semana antes como preludio de una cita especial. Esta fórmula de disputar ambas carreras con una semana de diferencia favorecía que equipos y pilotos pasaran más de una semana en tierras donostiarras, con la atracción que ello suponía. De nuevo, un Bugatti cruzó primero la línea de meta en el Grand Prix local, esta vez en manos de Emilio Materassi. Robert Benoist se llevó el triunfo una semana después en la cita mundialista. El piloto francés sumó en Lasarte su segundo triunfo de la temporada regular al volante de un Delage 15 S 8, apuntalando el título que el fabricante galo se llevaría a final de año.

La cancelación de las pruebas puntuables para el Campeonato del Mundo no impidió que ambos eventos continuaran celebrándose en la pista vasca los dos años siguientes. Por su parte, el Gran Premio de San Sebastián vio su última edición en 1930. Después, nada de eventos de ámbito internacional en Lasarte. España vivía momentos históricos alejados del mundo del automovilismo. El fin de la monarquía de Alfonso XIII y el reestablecimiento de la República, sumado a la crisis económica desatada por el crack bursátil de 1929, dejaron en un segundo plano a la competición deportiva. Hubo que esperar hasta 1933 para que los coches de Grand Prix volvieran a rugir por las carreteras de Guipúzcoa.

Robert Benoist cruza la meta como ganador del Gran Premio de España de 1927, al volante del Delage 15 S 8

Las pretensiones de los organizadores vascos terminaron por llamar la atención del gobierno republicano, que decidió resucitar las carreras en San Sebastián. Ese año y el siguiente, el Gran Premio de España volvió a su casa para ver las batallas entre Alfa Romeo, Bugatti y Maserati en 1933, a los que se sumaron Mercedes y Auto Union doce meses después. El nuevo Campeonato de Europa de Grand Prix concedió un puesto en 1935 a la gran prueba de Lasarte. Una vez más, el trazado donostiarra retornó a la escena internacional de manera puntuable. La gran leyenda Rudolf Caracciola lideró el triplete conseguido por Mercedes, junto a Luigi Fagioli y Manfred von Brauchitsch.

El automovilismo había arraigado fuerte en San Sebastián y los pueblos de alrededor. Miles de personas se acercaban cada verano a disfrutar de las carreras. Ganar en Lasarte se convirtió en un objetivo imprescindible para pilotos y marcas, así que pronto empezaron a surgir las voces que pidieron la construcción de un circuito permanente de velocidad. Se iniciaron los preparativos, pero el estallido de la Guerra Civil echó por tierra cualquier proyecto de futuro. El conflicto bélico se cargó de un plumazo la tradición automovilística que había crecido y los coches de carreras no regresaron nunca más a Lasarte.

La tragedia de Montjuïc

La tragedia de Montjuïc

Cientos de aficionados se agolpan detrás de las barreras. Los motores empiezan a rugir y ¡arranca la carrera! Todos los coches se dirigen raudos hacia la primera curva. ¿Todos? ¡No! Uno de ellos no ha salido. Su piloto ha declinado participar. ¿La razón? La seguridad del circuito. Los guardarraíles no están bien fijados, según él, y prefiere no jugarse el cuello. El resto decide continuar. Las protecciones se han revisado durante todo el fin de semana, y aunque el circuito es peligroso, no hay motivo para creer que lo es más que el resto de pistas en las que compiten durante el año.

La marabunta de gente aplaude y grita al paso de los potentes bólidos que surcan las calles de la Montaña Mágica. Están disfrutando. Todo el mundo lo hace. Los pilotos, los primeros. El liderato se lo están jugando por muy poco. Cualquier error y adiós a la carrera. Es preferible mantener y conservar que atacar, pero… ¡Son pilotos! Competidores natos que no entienden de guardar la mecánica. Quieren ganar y cada vuelta que pasa hay menos oportunidades de dar caza al rival de delante.

Y el público lo disfruta. Familias enteras se han acercado a Montjuïc para presenciar uno de los mayores espectáculos del mundo. El hombre y la máquina contra el asfalto y el reloj. Los niños disfrutan como adultos. Y los padres lo hacen como si volvieran a ser niños otra vez. La afición a las carreras no entiende de edad, y el olor a gasolina y goma quemada envuelve Barcelona en un ambiente festivo que embriaga a todos. Se respira felicidad emanada de los brutales motores de explosión que suben y bajan de revoluciones en un contínuo carrusel de emociones.

El público jalea mientras los coches pelean en la salida

¡Pum! Un golpe seco se siente varios metros más allá de la recta de meta. Sin visión en directo, no parece un choque más serio que cualquier otro en un circuito urbano. Pero pronto, la noticia se extiende. Un coche ha perdido el alerón trasero, impactando contra los guardarraíles, destrozándolos y saltando a la parte posterior de ellos. Hacia el público. No se sabe bien qué ha sucedido, pero la preocupación se extiende como la pólvora. La felicidad ha terminado.

El accidente ha sido serio y poco a poco se empieza a conocer la gravedad del suceso. Hay muertos. No uno, sino varios. El automovilismo, en poco menos de una hora, ha pasado de mostrar su cara más amable y divertida a su faz más trágica y dolorosa. La entropía ha aumentado de manera exponencial sin previo aviso y el caos se desata como alma que lleva el diablo. Sin embargo, la carrera no se detiene. La batalla sobre el asfalto continúa mientras las asistencias se apresuran a socorrer a los heridos.

Con el público centrado en otros menesteres, prestando atención a lo que sucede junto a un guardarraíl tras el rasante, los pilotos que luchan por la victoria siguen a la suya. El alemán presiona al belga. Quiere la victoria pero no está siendo nada fácil adelantarlo. Finalmente, con gran esfuerzo y sudor, termina colocando su coche por delante. Al pasar por meta, la sorpresa le invade. El Conde de Villapadierna está ondeando la bandera a cuadros.

El alemán Jochen Mass, ganador de una carrera marcada por la tragedia

Y en efecto, la carrera se para. No se puede continuar después de lo que ha sucedido. El piloto germano es el ganador de una prueba que será recordada por las generaciones presentes y futuras por la tragedia que la ha protagonizado. Poco triunfo hay en ello, a pesar de lo importante que siempre supone ganar un Gran Premio. El último que ha visto la montaña que preside el puerto de la Ciudad Condal. Pero también, el primero que ha visto a una mujer puntuando en una carrera válida para el Campeonato del Mundo de Pilotos.

La italiana ha terminado en sexta posición, pero la paradoja ha querido que ni siquiera haya sumado un punto. Para una vez que una fémina lo conseguía… Con las pocas mujeres compitiendo, la probabilidad ya es baja de por sí, pero si encima no consigue el punto entero, para de contar. El caso es que al detener la prueba y dar las posiciones en carrera como resultados definitivos, sin completar la distancia mínima para el reparto del total de puntos, únicamente se reparten la mitad. De ahí que la piloto transalpina puntúe, pero sin sumar el tanto entero.

El Teatro Griego de Montjuïc ve pasar los Fórmula 1 por última vez

Las ambulancias llegan al punto crítico del circuito. El caos reina en el ambiente. Los médicos, enferemeros y voluntarios se afanan por atender a todas las personas afectadas. Y por tratar de evitar más muertes. Finalmente, son cuatro. Cuatro personas que se despiden para siempre de este mundo por un maldito alerón que quiso desprenderse de su coche. Se despiden como lo hace el circuito de las carreras de coches. Las cuatro ruedas separan su camino de Montjuïc. Se marchan de la Montaña Mágica para no volver.

Dicen que fue el viento

Dicen que fue el viento

La velocidad ha sido la causa de las emociones de muchas personas desde tiempos inmemoriales. Cuanto mayor es, mayor es su relación con el aire y el viento. Cualquier perturbación, por pequeña que sea, puede modificar la velocidad de un cuerpo. O peor aún, provocar un descontrol en una trayectoria. Una trayectoria como la que seguía uno de los pilotos más excepcionales de la historia.

La relación de nuestro personaje con el viento fue siempre intensa. Incluso se casó con una famosa aviadora. Pero lo suyo fue jugar con tan volátil elemento a ras de suelo. Manejando artefactos con motor los más rápido posible. Fuera en dos o cuatro ruedas, en circuito o en carretera, buscaba el límite posible de la velocidad máxima. Un límite que no siempre le era fácil encontrar. Pero cuando lo hacía, no había nadie capaz de mejorarlo.

Destacó domando las ligeras motocicletas de principios del siglo XX, pero su gran pasión le llevó a probar los automóviles de competición. Muchos lo compararon, y aún hoy lo hacen, con su compatriota, el gran campeón alemán de Grand Prix, el hombre que lo ganó todo a bordo de una flecha de plata. Pero él se decantó por los cuatro aros, dejando de lado a la estrella. Entre ellos había una buena relación, también con el gran campeón italiano, pero trabajaban para marcas contrarias, y por lo tanto, eran rivales. Los éxitos de uno eran los fracasos del otro.

El uno persiguiendo al otro en sus flechas de plata en pleno Grand Prix

En su segundo Grand Prix estuvo muy cerca de batirlo, pero la maldita mecánica jugó en su contra. No pudo hacerlo, sin embargo, el público lo encumbró al olimpo. Tan joven y tan rápido. Tan veloz. Tan capaz de jugar con el viento como el mejor de la especialidad. Y en el “infierno verde”, ni más ni menos. Sus capacidades al volante lo llevaron durante años por diferentes países donde podía ganar carreras, demostrando el buen hacer de los coches de competición alemanes, tan mimados por la industria propagandística del Tercer Reich.

Las carreras se sucedían. Los domingos domando el viento con su Auto Union pasaban incansablemente como un carrusel de sensaciones. Era el año 1936 y el Campeonato de Europa de Pilotos iba a ser suyo. Su preciosa máquina de carreras de Chemnitz había dominado a las todopoderosas flechas de plata de Stuttgart. El dominio germánico en el automovilismo estaba en su punto álgido. Mercedes o Auto Union. Caracciola o Rosemeyer. No había más opciones. Así llegó 1937.

Aquel año se vivió uno de los duelos más intensos con las máquinas más potentes hasta la fecha. Los dos fabricantes echaron el resto y presentaron unos coches de carreras cuya potencia no fue superada hasta muchos años después. Rosemeyer consiguió llevarse el triunfo en Nürburgring una vez más. Su vida era plena, su matrimonio iba viento en popa y su hijo estaba en camino. Sería el hijo del viento. El hijo de un piloto de coches y una piloto de aviones. El piloto perfecto.

Bernd Rosemeyer (el piloto de coches) y Elly Beinhorn (la piloto de aviones), con Ferdinand Porsche

El régimen nazi sabía del potencial que tenía esta historia y encumbró a nuestro piloto a los escalones importantes de la jerarquía del NSDAP. El cargo de Hauptsturmführer no era más que una condecoración para que la propaganda, de la que tanto él como su mujer iban a ser protagonistas, cobrara más sentido. Nunca ejerció como tal. De hecho, su pertenencia a las SS fue una pantomima desde el primer minuto. Era un personaje famoso, y como tantos, tuvo que callar y acatar las órdenes de arriba.

En estas viscitudes, llegó 1938. El año empezó alegre y nadie esperaba que el viento quisiera jugar la partida por sí mismo. Pero a veces, jugar con él implica tomar riesgos que escapan del control de los humanos. Incluso de las máquinas, por muy diseñadas que estén para pasar a través suyo sin que les afecte su perturbación. ¿Quién podía pensar que un simple reto trastocaría tantos sueños? Mucha gente estaba pendiente de lo que iba a ocurrir en la autopista entre Frankfurt y Darmstadt.

Bernd Rosemeyer sentado sobre su Auto Union de Grand Prix

Mercedes se presentó con Manfred von Brauchitsch y Rudolf Caracciola, la estrella de la casa de la estrella, y su W125 Rekordwagen, el ingenio aerodinámico fabricado en Stuttgart para enfrentarse a este tipo de retos. Este sería el monstruo al que tendría que enfrentarse Bernd Rosemeyer. El primer intento fue para Mercedes. Caracciola estableció la marca en 432,7 Km/h de velocidad punta.

Bernd se puso la ropa de carreras, se apretó la balaclava y se calzó las gafas. Subió a su montura. Escuchó al ingeniero de Auto Unión y entonces, su amigo y rival Rudolf se acercó. Le susurró al oído unas palabras y le deseó suerte. Arrancó el coche y salió a cazar el récord. Le hicieron falta dos intentos para superar el registro del piloto de Mercedes. Pero Rosemeyer creía que aún podía mejorar.

Los ingenieros de Auto Union dan las últimas instrucciones a Bernd Rosemeyer. Los oficiales nazis observan detrás

Había jugado con el viento y había ganado. Pero no se puede torear pensando que el toro nunca te va a pillar. Y desoyendo las palabras de su amigo, Bernd se lanzó al tercer intento. El último. Rosemeyer alcanzó el claro y fue entonces. Una racha de viento incontrolable modificó la trayectoria rectilínea del Auto Union. Yendo a velocidad máxima, el coche se fue hacia la izquierda, se salió de la carretera y eyectó a Bernd fuera del habitáculo. El médico del equipo llegó para certificar la muerte de Bernd Rosemeyer.

Los altos jerarcas nazis vieron la oportunidad de sacar tajada de tan terrible suceso. El funeral se convirtió en un acto más de exaltación patriótica e ideológica. Un acto mancillado en contra de la voluntad del difunto y su esposa. Una obscenidad que poco tenía que ver con un genio del volante como Bernd Rosemeyer. Un genio que desoyó el consejo de su gran amigo y rival, el genio de los genios. “No salgas Bernd. Esta mañana tuve suerte con un viento adecuado, pero ¿y ahora?”

Bernd Rosemeyer jugando con el viento por última vez

Pericia y tesón sobre tres ruedas

Pericia y tesón sobre tres ruedas

Sexta posición en la parrilla de salida. No era el mejor lugar para empezar. Su compañero de equipo y principal rival arrancaría justo por delante, pero había otros que le habían comido la tostada. Otros que tenían mucho que decir en una temporada tan igualada. Muchos frentes abiertos para él. Pero no iba a desanimarse. ¡Eso, nunca! Su objetivo era ganar. ¡Ganar, siempre! Y lo iba a intentar por todos los medios.

La carrera comenzó y no se lo pensó. Como si de una competición de aceleración se tratara, hizo trabajar al embrague de manera óptima para evitar que los neumáticos traseros patinaran más de la cuenta. Con una mejor tracción que sus rivales, saltó de la sexta plaza a la primera línea, pasando coches por la derecha como un rayo. Al llegar a la primera curva, hasta cuatro monoplazas se jugaron la frenada al mejor postor. Dos Renault, un Williams – Ford y un Ferrari. Pero la máquina italiana estaba mejor posicionada y se puso delante.

De sexto a segundo. Un gran comienzo, sin duda. Pero la carrera era muy larga. Setenta y cinco vueltas por delante. Como si de una etapa del Rally Dakar se tratara, estarían acompañados de las dunas. Estas no era africanas, sino holandesas. Los famosos montículos de arena de Zandvoort, resultado de la acción del viento, se movían como los coches en el sube y baja asfaltado que era -y es- la pista de los Países Bajos. Aunque él, era más de nieve.

Gilles Villeneuve pilotando su Ferrari 312 T4 en Zandvoort

Cinco años antes se había proclamado campeón del mundial de motos de nieve. El hombre que podía convertirse en la gran estrella de la parrilla. Si Enzo Ferrari había confiado uno de sus coches en sus manos, por algo sería. Así que con la segunda plaza bajo el brazo, comenzó a achuchar al líder de carrera. Tenía ritmo y podía hacerlo. Bastaba con encontrar el momento para lanzar el coche. O un fallo mecánico. Él no lo sabía, pero el Williams – Ford tenía problemas en la caja de cambios que dificultaban la entrada de la tercera velocidad.

Tras diez vueltas y un nuevo paso por línea de meta, no esperó más. Lanzó el Ferrari, buscó el hueco, evitó cerrarse al interior y fue a por la trazada exterior, la buena. Los dos bólidos entraron emparejados en Tarzán, la primera curva. Un coche junto al otro. Alerón con alerón. Rueda con rueda. La parte externa de la pista tenía más agarre. Y al salir de la curva, la potencia desbocada del motor V12 transalpino hizo el resto. El coche inglés no fue rival. Con un golpe de acelerador, se hizo con la primera posición.

El aviso que el coche dio al piloto

Era el nuevo líder de carrera, mientras su compañero, que además era el líder del campeonato, había arrancado fatal, perdiendo muchísimas posiciones. La situación era mucho mejor de lo que había esperado. A pesar de los esfuerzos del otro Ferrari por escalar plazas, lo cierto es que estaba en una posición inmejorable. Podía asestar un golpe muy importante al campeonato si todo continuaba así. Al término de la contienda, únicamente restarían tres Grandes Premios más, y uno de ellos lo correría en casa, en su tierra. Tenía la oportunidad.

Las vueltas iban descontándose en la hermosa pista junto a la playa. Las olas del mar quedaban silenciadas por el brutal sonido de los motores. Allí había de todo. Desde los enormes V12 atmosféricos hasta los pequeños V6 turbo. Cada uno con su música iba componiendo la melodía de aquella carrera veraniega. El líder seguía en su posición. No se desmarcaba de su oponente, pero este tampoco podía hacer nada para cambiar la situación. Cada vez quedaba menos. La batalla parecía estar atenuada, pero cualquier detalle podía volver a avivarla.

Gilles Villeneuve intentando llegar a boxes con el neumático destrozado

Poco a poco, el Williams – Ford fue mejorando sus tiempos respecto al Ferrari. La pequeña distancia que los separaba fue desapareciendo. El joven canadiense apretó los dientes y hundió el pie en la tabla, pero los neumáticos no estaban en su mejor momento. En un instante de máxima tensión, estos no respondieron a la conducción agresiva que estaba imponiendo y fueron incapaces de controlar el coche al salir de una de las curvas. El monoplaza empezó a girar sobre sí mismo. Un trompo que aprovechó el segundo clasificado para regresar a la punta de la carrera.

Con extrema frialdad, el hasta hace un momento líder de carrera volvió a dar gas. Como si nada hubiera pasado, encaminó su máquina hacia el negro asfalto y continuó su carrera. Sabía que tenía más ritmo y podía volver a la primera posición. Apenas habia sido un susto y, a pesar de todo, era segundo. Así que a fondo, a por la victoria. ¡Qué más daba como estuvieran las gomas! Quería ganar.

El joven canadiense tratando de gobernar un coche ingobernable

Lo que pareció un error de pilotaje, en realidad había sido un aviso. Una advertencia que el coche hizo a su piloto. El Ferrari, de alguna manera, había alertado a Gilles Villeneuve de que las ruedas no estaban en las mejores condiciones, y era mejor bajar el ritmo y conservar que intentar continuar en la lucha. Pero este no quiso o no pudo hacerle caso. Y unas pocas vueltas después, el neumático trasero izquierdo explotó.

El monoplaza, descontrolado, se salió de pista a unos 170 Km/h en la recta de meta. Afortunadamente, se pudo evitar el accidente. El bólido rojo quedó varado a un lado del asfalto, con Villeneuve tratando de sacarlo de ahí e intentar llegar a los boxes para cambiar la goma. Había que dar toda una vuelta al circuito. De nuevo, la pericia al volante de la joven promesa metió al Ferrari en la trazada. A un ritmo excesivamente elevado para esas circunstancias, condujo evitando perder aún más tiempo. Primero con tres ruedas y otra que apenas traccionaba, mientras la banda de rodadura se iba haciendo trizas.

Pasión y tesón sobre tres ruedas

A falta de algunas curvas, esta saltó por los aires. No sólo eso. La suspensión terminó por ceder debido al considerable esfuerzo que estaba soportando la llanta, partiéndose. Gilles Villeneuve siguió como si nada, pilotando un coche de Fórmula 1 con dos ruedas, pues la delantera derecha estaba en el aire. El monoplaza cabeceaba, como un balancín, en sus esfuerzos por mantenerse en lo negro. Finalmente, llegó a boxes. El destrozo era tal que fue imposible continuar en carrera. Pero por el camino, el público en pie ovacionó al piloto que con tesón y pericia, luchó contra viento y marea por lograr la gesta.