Sello ruso con el KhADI-10 usado en el campeonato de F1 soviético.

Dos bloques dominaban el mundo. Dos potencias enfrentadas, una en América y otra a caballo entre Europa y Asia, asumían el control militar, político y social del planeta con dos modelos de gestión totalmente opuestos. Ambos contaban con territorios aliados a lo largo y ancho del globo, con mayor o menor implicación en el conflicto, que formaban un cuerpo territorial que bloqueaba cualquier acción del contrincante. Los unos por un lado y los otros por el otro. O dicho de otra forma, Estados Unidos y la Unión Soviética.

Esta situación afectaba de manera importante al mundo del automovilismo, tanto industrial como deportivamente. Y es que debido a este bloqueo permanente, surgen dos mercados diferentes, con los fabricantes de coches vendiendo sus modelos en sus respectivos mercados. En los países del bloque soviético aparecen nuevas marcas que nacen para suplir el vacío dejado por los fabricantes tradicionales, todos o casi todos formando parte del mercado de la alianza atlántica.

Salida de una carrera local en el circuito urbano de Népliget en 1970.

Desde el punto de vista deportivo, esto se traduce en la aparición de carreras y campeonatos paralelos en los estados socialistas. La tradición automovilística es menor allí, pero aún así existe un masa social de aficionados a las carreras a motor que impulsan ciertos eventos que llegaron a adquirir gran renombre. Cabe destacar la Copa de Amistad de los Países Socialistas, en la que los pilotos participaban representando a sus propios países, o la propia organización de un campeonato con normativa de Fórmula 1 en la Unión Soviética, con monoplazas como el Madi 01 con motor GAZ o los KhADI-8 y KhADI-10.

Monoplazas participantes en la Copa de Amistad de los Países Socialistas.

En 1956, el CAMK, organismo automovilístico ruso, entró a formar parte de la FIA, de manera que el automovilismo ruso rompe de alguna manera la barrera que separa un bloque de otro. Pero el telón de acero sigue siendo demasiado duro para traspasarlo, lo cual evita un intercambio de talento, entre un lado y otro, tanto de pilotos como de ingenieros. A pesar de ello, la semilla está echada y poco a poco crece el interés por mostrar al mundo la capacidad soviética en el campo de las carreras de coches.

Es en la década de los años ’80 cuando se propone la celebración de un Gran Premio de la Unión Soviética que se disputaría sobre un circuito urbano en Moscú. Las negociaciones se centraron en el año 1983, llegando a aparecer en un borrador del calendario, siendo el propio Bernie Ecclestone el impulsor junto a las autoridades soviéticas. Finalmente, ciertos problemas de índole burocrática impidieron que el proyecto se llevase a cabo, con lo que la carrera fue descartada definitivamente. Pero el sueño de ver un evento del Gran Circo al otro lado del telón de acero se convirtió en una prioridad para el magnate británico.

Sus ojos se posaron entonces sobre un país con cierta tradición automovilística. No en vano, ya en 1936 organizaron su propio Gran Premio sobre un trazado urbano en su capital, en el que los grandes equipos de la época se presentaron con todo su arsenal. Mercedes, Auto Union y los Alfa Romeo de la Scuderia Ferrari se presentaron en Budapest el 21 de junio de aquel año con tres coches cada uno de ellos. La prueba fue un rotundo éxito, con lo que Hungría mostraba sus credenciales para el futuro. Quizás fue eso lo que vio el Sr. Ecclestone cuando pensó en el país centroeuropeo para ser su candidato.

Hay que destacar, que aunque Hungría era un país comunista en aquellos años de 1980, no formaba parte de la Unión Soviética, incluso se encontraba inmerso en pleno proceso reformista que buscaba una apertura económica, con lo que las negociaciones y la burocracia no se presentaban como un problema de tan envergadura como lo fue en el caso de la carrera en Moscú.

Las reuniones establecidas entre el patrón de los derechos comerciales de la Fórmula 1 y el gobierno húngaro dieron sus frutos, y finalmente, el 10 de agosto de 1986 se disputó el primer evento internacional de automovilismo al otro lado del telón de acero. El circuito de Hungaroring albergó el segundo Gran Premio de Hungría de la historia, un éxito rotundo de afluencia, como lo fue aquel primer Gran Premio en 1936.

El ganador de la carrera Nelson Piquet a bordo del Williams-Honda FW11 durante la disputa del Gran Premio de Hungría de 1986.

La celebración de la carrera fue un objetivo cumplido, no solo por Bernie Ecclestone y la Fórmula 1, también por Hungría y por todos aquellos aficionados del bloque soviético que lucharon durante tantos y tantos años por hacer realidad las carreras de coches en la Europa del Este. El Gran Premio fue un impulso al automovilismo en aquella zona que hoy día se ha transformado en algo tangible, con una variedad de pilotos de toda aquella región que luchan por llegar a lo más alto apoyados por las principales empresas de la zona.

El camino fue largo y tortuoso, y nos ha dejado un nutrido legado de carreras sobre suelo del bloque oriental que bien vale un reportaje. Quizás otro día. De momento, disfrutemos de una nueva edición del Gran Premio de Hungría, el 33º Grand Prix que se celebra en el país desde aquel día en el que la Fórmula 1 derribó el telón de acero.

 

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