Un Gran Premio de dos años

Un Gran Premio de dos años

La temporada había terminado. México dio carpetazo al campeonato y sentenció el título a favor de un campeón de motociclismo. Era el momento de parar, tomar un descanso y prepararse para la siguiente temporada. Eso es lo que habrían hecho si la próxima carrera no tuviera lugar cinco semanas después. ¿No habíamos dicho que el campeonato había acabado? Sí, pero…

Faltaba una carrera. La última antes de que todos, esta vez sí, pudieran tomarse unas merecidas vacaciones. Pero esta, no sería la última, realmente sería la primera. La que daría el pistoletazo de salida a la nueva temporada. Y lo haría antes de acabar el año. Pero contaría para el siguiente. Y es que la carrera se celebraría al año siguiente. Pero no así los entrenamientos. ¡Qué lío! Lo mejor será que vayamos por partes.

Estamos a finales de 1964. John Surtees ha ganado el Campeonato del Mundo de Pilotos en una apretadísima lucha contra Graham Hill y Jim Clark en el autódromo Magdalena Mixhuca de la capital mexicana. El inglés proveniente de las dos ruedas exprimió su Ferrari 158 pintado con los colores blanco y azul del North American Racing Team (NART) para conseguir su primer título mundial sobre cuatro ruedas. Tras ello, lo lógico sería pensar que pasarían unas cuantas semanas hasta que comenzara la siguiente temporada. No fue así.

El circuito sudafricano de Prince George, a orillas del Océano Índico

El Gran Premio de Sudáfrica experimentó un cambio en sus fechas. Una semana de variación fue suficiente para que el evento pasara a ser el primero de 1965, pero empezando en 1964. La carrera se programó para el viernes 1 de enero de 1965, pero los entrenamientos se celebrarían todavía en 1964. De hecho, se daría la paradoja de que la carrera se disputara a la vez en dos años distintos, según en qué parte del mundo se estuviera.

La situación provocó que la mayoría de participantes llegaran a la ciudad costera de East London con los mismos coches que habían competido en 1964. De hecho, 1965 sería el último año con la reglamentación basada en motores de 1,5 Litros, así que no había necesidad de aplicar cambios. El circuito de Prince George se vistió de gala para celebrar el undécimo Gran Premio de Sudáfrica y el cambio de año. Esta situación ya se vivió años atrás.

En 1960 hubo dos Grandes Premios de Sudáfrica, aunque ninguno contó para el Campeonato del Mundo. El primer día de enero, igual que en 1965, se disputó la sexta edición, ganada por el belga Paul Frère al volante de un Cooper – Climax; mientras que el 27 de diciembre se celebró la séptima edición, con el británico Stirling Moss alzándose ganador manejando un Porsche. Ambas pruebas se celebraron bajo las reglas de Fórmula Libre.

Momento de la salida del Gran Premio de Sudáfrica de 1965

El 30 de diciembre de 1964, día soleado y ventoso, se celebraron los primeros entrenamientos. En ellos, Jackie Stewart hizo su debut con BRM en el Campeonato del Mundo. Jim Clark estableció el mejor tiempo de vuelta, mostrando su superioridad al volante del Lotus 33 con motor Climax. Durante las sesiones de entrenamientos, los tiempos fueron bajando, pero el escocés fue el que más mejoraba. Cada vuelta era una espada que clavaba en la espalda de sus rivales. La batalla por el Campeonato del Mundo de Pilotos de 1965 había empezado, aunque todavía no hubieran estrenado el año.

Y esa superioridad la terminó de confirmar durante la sesión de calificación. El piloto del Team Lotus marcó un 1:27.2 que le servió para hacerse con la Pole Position, la primera del nuevo curso. Casi un segundo más rápido que John Surtees, defensor de la corona y segundo calificado. Por detrás, Jack Brabham, Mike Spence y Graham Hill completaron el Top 5 de una parrilla con 20 pilotos calificados de 25 que disputaron la sesión. Y 33 en total los que se inscribieron para la contienda. Un auténtico éxito con hasta once pilotos locales, aunque sólo dos tomaron la salida, Peter de Klerk y Tony Maggs.

Jim Clark, el gran protagonista del Gran Premio, pilotando su Lotus – Climax 33

La noche supuso el cambio de año. Y con ello, la llegada del día de la carrera. El nuevo año se podrá celebrar con uvas o con lentejas, pero mucho mejor con una carrera de coches. Así que los veinte valientes pilotos se colocaron en la parrilla bajo las nubes que intentaban tapar el sol que calentaba el circuito de Prince George y la orilla del Océano Índico. Ochenta y cinco vueltas por delante para conocer al ganador.

Pero no hubo batalla. Ni lucha por la victoria. Jim Clark arrancó en primera posición, se escapó con un ritmo endiablado y algo más de dos horas después cruzó la meta ganador. Fue tan dominador que dobló hasta al quinto clasificado, Bruce McLaren; y le endosó casi medio minuto a John Surtees, que mantuvo la segunda plaza. Nadie pudo con la superioridad del “escocés volador”. Demostró su habilidad haciendo bailar su Lotus curva tras curva para empezar el año ganando. Ganando y cimentando la base de su segundo y último Campeonato del Mundo de Pilotos. Pero eso, queridos amigos, es otra historia. ¡Feliz año!

Las piernas o la vida

Las piernas o la vida

El cuarto puesto en la parrilla de salida no era un mal lugar desde el que partir. Por delante tenía a un Jochen Rindt que había firmado la Pole Position, a Denny Hulme y a Jackie Stewart. El escocés dominaba el campeonato del mundo de pilotos con mano de hierro, acumulando seis victorias que valían un título. El experimentado Graham apenas contaba con una victoria en su casillero anual. Y por supuesto en Mónaco, su Mónaco, su circuito. Pero era un bagaje pobre para un piloto de su calibre. Un competidor nato que disfrutaba de la adrenalina sobre el asfalto, sobre el agua o en el aire.

Entre tanto, John y Kevin, dos jóvenes de 15 años, se preparaban para disfrutar de un día de carreras. Habían ido al circuito como tanta otra gente a presenciar a esos locos llegados de Europa cómo domaban aquellos artefactos con ruedas y alerones primitivos que atronaban los oídos. Estaban junto a la pista, en un punto en el que había bastante visibilidad, así que todo lo que tenían que hacer era esperar a que la música de los V8 y V12, que daban vida a semejantes máquinas, empezara a tocar sus acordes en un sinfín de giros de cigüeñal.

Aquella jornada de principios de octubre de 1969 podría haber sido el día en el que disfrutar de Graham Hill firmando su segundo triunfo del curso, pero no. Quedaban unas 20 vueltas del Gran Premio de Estados Unidos en Watkins Glen, cuando una mancha de aceite en la pista hizo patinar los neumáticos del Lotus-Ford 49 que conducía el piloto británico, provocando su salida de pista. El motor se caló y tuvo que bajarse a empujar el coche para volver a arrancarlo. Afortunadamente, el propulsor volvió a rugir como una bestia. Desafortunadamente, sus problemas no terminaron ahí.

Un accidente escalofriante. Watkins Glen, 5 de octubre de 1969. © L’Automobile

Tras comprobar que tenía un neumático dañado, se subió de nuevo al coche y se reincorporó a la pista para llevar el monoplaza al garaje. No pudo abrocharse convenientemente los cinturones de seguridad, pero dado que iba camino de los boxes, allí podrían revisarlos también. Lamentablemente, antes de enfilar la calle del pit lane, el neumático dañado explotó, haciéndole perder el control del Lotus. El coche se fue por un lado y Graham por otro, pues salió disparado fuera del habitáculo.

Justo enfrente del lugar del accidente estaban John y Kevin, que lo presenciaron en todo su pavoroso esplendor. El automovilismo les saludó con su cara más cruel. Tiempo después, afirmaron creer que el piloto había muerto. A Graham Hill no se le truncó la vida en ese momento, pero sí se le rompieron las piernas. Unas piernas que no eran de la misma longitud, pues en un accidente de moto muchos años atrás, cuando su pasión era el motocross, ya sufrió otro grave percance, a raíz del cual, le quedó una pierna dos centímetros más corta que la otra.

Hill salvó la vida. Cuando volvió a las carreras, después del tiempo de rehabilitación, su determinación y su pasión por la competición no habían cambiado. Los dos jóvenes aficionados, testigos de uno de los accidentes más graves de la carrera del campeón inglés, tampoco se olvidarían de su pasión por las carreras. Pero seguro que tampoco olvidarían nunca el momento en el que la fatalidad eligió entre las piernas o la vida de Graham Hill.