El día que Fangio dominó Nürburgring

El día que Fangio dominó Nürburgring

Caminaba por el garaje observando su Maserati. Era una máquina de carreras magnífica, con unas cualidades que le permitían sacar el máximo partido a sus capacidades de piloto. El día anterior se había comportado espléndida, conquistando la Pole Position para la carrera. Si lograba ganar, su distancia de puntos sería tan grande que el título de Campeón del Mundo volvería a ser para él. Pero no sería una tarea fácil, pues los Ferrari eran una amenaza seria y habría que bregar con la potencia de sus motores.

A pesar de las increíbles prestaciones de su monoplaza, sabía que era tendente al desgaste de los neumáticos. Si querían ganar, había que atajar ese problema. Reunió a mecánicos e ingenieros. “¿Cuánto tiempo perdemos en una parada?”, preguntó. La estrategia empezaba a asomar por la mente del gran piloto argentino. Cargarían el coche con la mitad de gasolina, previendo una detención en el garaje hacia la mitad de la carrera, repostando y cambiando las gomas por un juego nuevo. De esta forma, podría apretar desde el principio para ganar ventaja.

Y así lo hizo. Como un reloj, Fangio empezó a correr a un ritmo cada vez mejor, mejorando su tiempo de vuelta un giro tras otro. Era líder de manera sólida y por detrás, ni Hawthorn ni Collins podían evitarlo. Sus coches iban con los tanques de gasolina hasta los topes, por lo que la ligereza del Maserati estaba siendo determinante. Tampoco los Vanwall de Moss y Brooks podían contrarrestar la velocidad del auto italiano. El “Chueco” volaba sobre el asfalto de Nürburgring, bailando con el coche en cada viraje. Atravesaba el bosque con una sutileza que, por un día, el infierno verde se convirtió en el cielo esmeralda.

Juan Manuel Fangio atraviesa la recta de meta de Nürburgring a toda velocidad.

Superado el ecuador de la prueba y con una ventaja enorme, el argentino detuvo su Maserati en el garaje. El público no entendía lo que sucedía. Tampoco en Ferrari comprendían. Parecía un problema mecánico. Los de Maranello dieron la orden a Hawthorn y Collins para que aumentaran el ritmo. Si Fangio no podía volver a pista, la victoria era de ellos. Sin embargo, los mecánicos de la marca del tridente corrían de un lado para otro.

Algo hacían en el monoplaza. ¡Estaban cambiando los neumáticos! Nadie entendía nada. Mientras repostaban el coche, el piloto se sentó en el murete, bebió agua, se quitó las gafas y tomó aire. Lo que habia hecho hasta ahora era sólo la mitad del plan. Debía tomar un respiro y coger fuerzas, porque lo que tenía que hacer a partir de entonces era mucho más difícil. Los mecánicos se afanaban en completar el trabajo, aunque una quisquillosa tuerca puso en apuros su buen hacer y les hizo perder un tiempo valioso.

El momento clave de la carrera. Los mecánicos de Maserati trabajan en el coche de Fangio.

Debía recuperar más de 45 segundos de desventaja. ¡Y en apenas diez vueltas! Suspiró… Se colocó las gafas y se subió al Maserati. Arrancó raudo y en pocos metros, metió el coche al ritmo de antes. Con los neumáticos recién estrenados y con otro medio depósito de gasolina a su espalda, recuperó la velocidad y se puso a bajar los registros una vez más. Conforme completaba un nuevo giro a Nürburgring, la diferencia era cada vez menor.

La carrera estaba en sus compases finales, pero ya veía a lo lejos la silueta del primer Ferrari. Siguió bailando curva tras curva, estrechando el volante como si fuera una cintura, dirigiendo al veloz bólido a por su presa, pilotando al límite. Se echó encima y con gran maestría se deshizo de él. Los neumáticos de Collins estaban muy desgastados y el inglés no pudo ofrecer excesiva resistencia. Primer asalto cumplido. Ahora, había que adelantar a Hawthorn para ganar. Tenía un vuelta para hacerlo.

Fangio persigue al Ferrari.

Sin pensárselo, el Maserati se abalanza sobre el Ferrari, los morros se emparejan y le supera. Fangio recupera el liderato de la carrera. Pero debe llegar hasta el final. Exprime el motor. Le pide un poco más a su bella máquina. Y con una ventaja de poco más de tres segundos, cruza la línea de meta de Nürburgring para ganar el Gran Premio de Alemania de 1957 y proclamarse, de manera matemática, Campeón del Mundo. El quinto entorchado ya era suyo. Objetivo cumplido.

El piloto pirata

El piloto pirata

Sombrero de tirolés y ganas de pilotar. Muchas ganas. No necesitaba nada más. Era su Gran Premio. Estaba en casa, en un circuito que era nuevo para la mayoría, pero no para él. Y quería lograr uno de los sueños de su vida. Competir en una prueba del Campeonato del Mundo era algo muy difícil de conseguir y no iba a dejar escapar la oportunidad, pasara lo que pasara. Lo haría, estaba decidido.

Contaba con experiencia en multitud de categorías. De los karts a los monoplazas, pasando por los turismos. Incluyendo varias participaciones en las 24 Horas de Le Mans. Pero nunca había competido en una carrera de Fórmula 1. Sí lo hizo el año anterior en una de Fórmula 2, en la que obtuvo un magnífico resultado. Pero aspirar a lo más alto se antojaba un objetivo tan difícil que poder hacerlo era un sueño. De no ser por el equipo ATS, en eso se habría quedado, en un sueño.

La estructura alemana confío su segundo monoplaza en él. Quizás por su capacidad de cambiar de un coche a otro y ser capaz de ir rápido al instante. Una versatilidad que pocos pilotos han sido capaces de demostrar a lo largo de la historia. Una cualidad muy valorada en aquellos tiempos en los que estos genios cambiaban con tanta asiduidad de montura como de pantalones. Así que ahí estaba Hans Heyer, preparado para la que se le venía encima.

Hans Heyer junto a su Ford Capri, ataviado con su característico sombrero tirolés

El circuito de Hockenheim aterrizaba en el calendario del Campeonato del Mundo de Pilotos para tomar el testigo de Nürburgring, defenestrado tras el brutal accidente de Niki Lauda el año anterior. Los aficionados colmataban las modernas gradas de la zona de la recta de meta y el último sector de la pista, muy revirado. Un contraste con el resto del trazado, muy rápido, que volvía locos a los ingenieros y mecánicos a la hora de reglar los coches.

Hans se subió al Penske PC4 – Ford del equipo ATS para la primera sesión de entrenamientos. Si quería disputar la carrera, tendría que calificarse entre los veinticuatro primeros. Eran treinta candidatos y no iba a ser tarea sencilla. Comenzó con el vigésimoséptimo mejor tiempo, por lo que estaba fuera. Pero, su mejora de tiempos le llevó a pensar que podría calificarse para la carrera. No en vano, en las siguientes sesiones marcó los décimo octavo y vigésimocuarto mejor tiempo. Con esos resultados, estaba dentro.

Hans Heyer pilotando el Penske PC4 – Ford del equipo ATS en el Gran Premio de Alemania de 1977

Llegó la calificación. Heyer marcó un tiempo de 1:57.58. ¿Suficiente para pasar el examen? Parecía que sí, pero no. Se quedó a cuatro décimas del vigésimocuarto lugar, por lo que el experimentado piloto alemán se vio obligado a abandonar sus aspiraciones de estar en la parrilla de un Gran Premio de Fórmula 1. El reglamento era claro, no podría hacerlo. Salvo que, por cualquier razón, hubiera una cantidad suficiente de pilotos calificados que no pudieran tomar la salida, de manera que los no calificados pasaran a ocupar las plazas vacantes.

Así pues, llegó el domingo. El día de la carrera. Y Hans Heyer se preparó como siempre, como si en un rato fuera a tomar la salida. Se puso el mono, se calzó los botines, se colocó los guantes y el casco, y se subió al coche. Y ahí esperó. No podía salir de boxes, pues al no estar calificado no tenía derecho a salir a la parrilla. Entre tanto, comenzaba la vuelta de formación. Y después, la salida. Fue un tanto caótica por un problema con el semáforo, y los comisarios tuvieron que darla ondeando la bandera alemana, como se hacía antaño para dar la arrancada.

Salida del Gran Premio de Alemania de 1977

Un pequeño momento de follón y nadie se dio cuenta de lo que sucedía en los garajes. El pequeño Penske de Hans Heyer había arrancado su motor. Sus ruedas habían comenzado a moverse y con un golpe de gas, el alemán se la jugó y entró en pista. ¡Con la carrera empezada! Nada iba a evitar que disputara una carrera de Fórmula 1. Total, lo peor que podía pasarle era que le excluyeran. Pero si no estaba calificado, ¿cómo iban a excluirle?

Heyer había salido a pista de manera ilegal, pero ningún comisario reportó la incidencia. Tampoco en dirección de carrera pareció que se dieran cuenta de semejante anomalía. El público enloquecido empezó a jalear al bravo piloto que decidió tomarse la justicia por su mano para cumplir su sueño. Y los responsables de impartirla, simplemente, miraban para otro lado. Hockenheimring se convirtió en un hervidero de almas aplaudiendo y animando la valentía del competidor.

Hans Heyer, el piloto pirata

Pero la aventura duró poco. Apenas nueve vueltas hasta que la caja de cambios falló y dejó a Hans Heyer tirado junto al asfalto. Entonces sí, los comisarios aplicaron la ley y lo descalificaron. Pero, ¿qué más daba eso? Había cumplido su sueño. Había conseguido competir en un Gran Premio de Fórmula 1 puntuable para el Campeonato del Mundo. Eso nadie se lo podía arrebatar. Se había convertido en el piloto pirata.