El Quadrifoglio Verde, la suerte de Alfa Romeo

El Quadrifoglio Verde, la suerte de Alfa Romeo

Cuando una persona cualquiera piensa en coches italianos, rápidos, bonitos y normalmente pintados de rojo, automáticamente aparece Ferrari y su “cavallino”. Pero cuando un auténtico “petrolhead” piensa en esas mismas cosas, hay otra marca que aparece en el horizonte. Quizás con menos renombre ahora, pero con una historia y un ADN tanto o más deportivo que el de la marca de Maranello. Su historia es tan rica y su herencia tan reconocida, que hasta el mismo Enzo Ferrari pilotó sus coches y fue la base de la que partió para crear su prestigiosa marca. Nació en Milán en 1910 y se llama Alfa Romeo.

Sobre un “159 Alfetta” como este, Juan Manuel Fangio conquistó el campeonato de formula 1 en 1951.

A lo largo de la historia sus coches han ido asociados a la competición, pero también significan elegancia, estilo y rendimiento. Sobretodo si llevan su famoso trébol, llamado “Quadrifoglio Verde”. Este símbolo ha ido ligado a las versiones más deportivas de sus coches de calle desde los años sesenta, y ha identificado modelos tan especiales como el “Giulia Sprint GT Veloce”, el “33 Quadrifoglio Verde” y, más recientemente, el brutal “Giulia QV”. Pero antes de que saliera a la calle, el trébol adornaba los coches de competición de la marca, desde 1923.

Ese año Ugo Sivocci pintó un trébol de cuatro hojas verde sobre un rombo blanco en la carrocería de su Alfa Romeo RL-S para su participación en la Targa Florio, y acabó ganado esa edición de la prueba superando en la última vuelta a su entonces compañero de equipo, Antonio Ascari. Después de eso el escuadrón de pilotos de la marca adoptó el símbolo y Ascari, Masetti y un joven Enzo Ferrari imitaron a su compañero, pintando grandes “quadrifoglios” en sus Alfa Romeo para seguir cosechando éxitos en las más grandes carreras de la época. Pero llegó Monza, y por un problema en el reglamento Ugo Sivocci no pudo pintar su característico dibujo en el coche antes de salir a correr. Ese mismo 8 de septiembre de 1923 su Alfa Romeo sufrió un accidente en el que el piloto italiano perdió su vida.

El Alfa Romeo RL-S en el que Ugo Sivocci pintó en 1923 el famoso Quadrifoglio.

La marca de “il Biscione” se retiró de la competición y se tomó el accidente de Ugo como un mal presagio, por no llevar pintado el trébol de cuatro hojas el día en el que un accidente acabó con la vida de uno de sus pilotos. Pasaron un tiempo lejos de los circuitos y cuando volvieron, el rombo blanco se había convertido en un triángulo. Sus cuatro puntas, que un día simbolizaron a sus cuatro pilotos, habían pasado a tres, como homenaje a esa punta que se había ido para siempre.

Sivocci cambió la historia de la marca. Sobre estas líneas se le ve en la Targa Florio de 1922, sin su trébol.

El trébol de cuatro hojas, sobre su triángulo blanco quedó grabado más tarde en los libros de historia. Estuvo presente en los coches de Fangio y Farina cuando ganaron los primeros mundiales de la Formula 1 con la marca milanesa, lo llevaba el coche que se llevó el DTM en 1993 y ha seguido ligado a la más alta competición hasta nuestros días. Este año el C38 del equipo Alfa Romeo Racing lucirá el Quadrifoglio Verde en su capó motor en las citas de la categoría reina. Como lo hicieron por primera vez los coches de la marca italiana hace ya 96 años. Ese trébol es espíritu, es competición, es tradición automovilística, es estilo, es vanguardia y es historia.

El famoso “Tipo 33 Stradale”, considerado uno de los coches más bonitos de la historia, luciendo el Quadrifoglio Verde.

La tragedia se cierne sobre Guidizzolo

La tragedia se cierne sobre Guidizzolo

Un beso. Aunque no lo supo, ese sería el último beso que compartiría con su novia. El último acto de amor antes de que la tragedia se cebara con él. El joven Alfonso se encontraba disputando la que entonces era considerada la carrera más importante en carreteras abiertas. Junto a él, su amigo Edmund, el hombre a quien confiaría su vida. Una vida que corría por la finísima línea que la separaba de la muerte.

Y es que el marqués adoraba el riesgo. Ese subidón que produce la adrenalina cuando vas a tal velocidad que tu cerebro es incapaz de comprender. Y las carreras le daban ese subidón. Pero no ese día. Por primera vez en su vida estaba corriendo por correr, corriendo en contra de su voluntad. La orden había llegado desde lo más alto y no le quedó otra que acatarla, a pesar de estar en desacuerdo. Pero él amaba la competición, y aunque no le gustaba participar en aquella carrera, no estaba dispuesto a perder de ningún modo. La victoria final era su objetivo.

‘Fon’ aceleraba, frenaba, giraba el volante. Manejaba el coche haciéndolo deslizar, bailando curva tras curva. Recortaba el tiempo con una facilidad pasmosa, y lo sabía. Y eso le gustaba. Cuando llegó junto a su novia, no pudo resistirse a besarla. Aunque iba tercero, se sabía ganador, y perder algunos segundos con la mujer a la que amaba no suponía ninguna pérdida. De hecho, fue su victoria aquel día, pues a partir de entonces todo se tornó en derrota.

La última victoria de Alfonso de Portago antes de la tragedia

Dicen que fue un bordillo lo que dañó el neumático delantero izquierdo del Ferrari, que al llegar a la recta que conducía al pueblo de Guidizzolo, explotó sin previo aviso, provocando que el rápido auto italiano, con sus dos ocupantes a bordo, se estampara contra una piedra, volcando y matando a diez espectadores que seguían la gran carrera en el margen de la carretera.

Alfonso y Edmund, dos hombres unidos por la amistad, ahora también lo estaban por la muerte. Fue instantánea, sin posibilidad alguna de sobrevivir tras semejante accidente. El Ferrari 335 S quedó hecho un amasijo de hierro. Tampoco la máquina sobrevivió. Pero allá en la línea de meta en Brescia, a unos 40 kilómetros, la espectación estaba por todo lo alto. La plana mayor, la que obligó al joven marqués a correr en aquella carrera, esperaba su llegada.

Pero lo que llegó fue la noticia de que el Ferrari con el dorsal 531 había sufrido un accidente muy fuerte en la entrada de Guidizzolo. La confirmación del fallecimiento de Alfonso de Portago y Edmund Nelson llegó después. Antes llegaron los médicos y enfermeros para ayudar a los heridos, y certificar el fallecimiento de doce personas unidas por la pasión por las carreras de coches.

Después, nada. La Mille Miglia dejó de celebrarse al ser prohibida por las autoridades transalpinas. Después del desastre de Le Mans, esta desgracia cayó como un jarro de agua fría en el panorama automovilístico. Para el joven de Portago, que tenía toda la vida por delante, fue un final que nadie quiso. Lo que pasó por la cabeza de aquellos que le obligaron a correr aquel día, sólo ellos lo saben. Sólo ‘Fon’ supo lo que le pasó por la mente en aquel momento en el que todo se volvió a negro.